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EL TOUR 2016

Sagan anima, Matthews gana

DÉCIMA ETAPA / LES ESCALDES – REVEL / 196 KMS.

Peter Sagan durante la etapa con final en Revel. / © BEARDY MCBEARD / ASO.

JON RIVAS / Enviado especial / Revel

No está muy claro si son los periodistas los que hacen cola con sus micrófonos para entrevistar a Sagan o es el ciclista el que hace cola ante los micrófonos para dejarse entrevistar. La zona mixta del Tour es un laberinto de vallas, carteles, guardas de seguridad con jerseys verdes, micrófonos, cámaras y cientos de metros de cables por el suelo que hacen reflexionar sobre lo dura que es la vida de quienes, cada día, llueva o apriete la canícula, tienen que sacarlos y meterlos en los camiones; desenrrollarlos, enrrollarlos y además enchufarlos en la clavija correcta para que las imágenes lleguen con puntualidad.

Y por allí, pisando los cables, sorteando las vallas, saludando a los guardias de jersey verde e inclinándose ante los micrófonos está siempre Peter Sagan. Utiliza un tono de voz monótono, como si no tuviera demasiadas ganas de responder a las preguntas, pero es una observación engañosa.

El tono es siempre el mismo, pero responde gustoso, en varios idiomas. Como busca la victoria cada vez que puede, con esa clase que exhibe montado sobre la bicicleta y que se le aprecia hasta en los andares. Aunque le gane Michael Matthews, que tiene equipo para regalar, y mucho apetito, que le da para comerse un enorme bocadillo entre pregunta y pregunta aprovechando las traducciones al francés de sus respuestas en inglés.

Y por eso, mientras el pelotón sestea, antes del bocadillo de Matthews, de la niebla, de la lluvia y el viento, Sagan ya intenta marcharse antes de coronar Envalira, un puerto de leyenda en la historia del Tour, que da lugar a escenas como la broma con efecto retroactivo a Prudhomme, el director de la carrera. Cuando llegó el domingo a la habitación de su hotel encontró la bañera llena de sangría. Le recordaban lo que pasó en 1964. La historia nunca contrastada que contaron sobre Anquetil.

Froome no bebe sangría ni jamás se ha comido una pata de cordero en la jornada de descanso. Eso, dicen, hizo Jacques Anquetil cuando se presentó a la fiesta que había organizado Radio Andorra con motivo de la llegada del Tour al Principado. Estaba deprimido y su director Raphael Geminiani, convenció a la mujer del ciclista, Janine, para arrastrarlo al sarao. En realidad no comió el cordero –sólo se hizo una foto hincándole el diente–, ni bebió la sangría, pero había escuchado la predicción del mago Bellini, que aseguró que un ciclista cuyo apellido empezaba por «a», moriría en la etapa decimocuarta. Y entró en crisis.

Al día siguiente se quedó descolgado en el ascenso de Envalira. Cuando comenzó a bajar, la niebla envolvía la carretera. Su director le dijo: «Si tienes que matarte, que sea en cabeza y no junto al coche escoba». Y se lanzó, enlazó con los favoritos y salvó el Tour.

La niebla también cubría el descenso de Envalira, la cima más alta del Tour 2016 que pasó en cabeza Rui Costa, camino de Revel, pero Chris Froome no sufrió ninguna crisis, ni se lanzó a tumba abierta en bicicleta, ni tuvo de necesidad de arriesgar lo más mínimo.

La jornada de descanso previa, la ascensión a Envalira y la niebla del descenso fueron las únicas semejanzas de aquella jornada que pasó a la historia del Tour. El resto fue muy diferente, porque los favoritos ya empiezan a calcular cada acción, a reservar cada gramo de fuerza, a buscar la comodidad del pelotón. Durante unos días, hasta que llegue el Mont Ventoux el jueves, dejarán el peso a los secundarios, o a otros ciclistas brillantes pero que no aspiran a ganar el Tour. A la escapada del día, llena de ilustres rezagados de la general, que animó Sagan para ser segundo, por detrás del veloz Matthews.

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