
Tengo un libro por casa que se me extravía con frecuencia, porque sólo tiene 124 páginas de un formato muy pequeño, que resume las andanzas de un periodista francés, Albert Londres, durante el Tour de Francia de 1924. Londres siempre estaba en los lugares calientes, allá donde se cocía la noticia. Su primera crónica firmada correspondió al incendio de la catedral de Reims en 1914, durante el asedio del ejército alemán en la I Guerra Mundial. 18 años después de ese reportaje, el periodista desaparecía sin dejar rastro en el incendio y naufragio del paquebote Georges Philippar en el Golfo de Aden, junto a 53 personas más. Dicen que fue un sabotaje de la mafia indochina, sobre la que el periodista preparaba un reportaje.
El libro que se pierde cada dos por tres, recoge las crónicas que escribió Albert Londres para el periódico Le Petit Parisien, y que se pueden encontrar, en su versión original en francés, en la web de la Biblioteca Nacional de Francia. Se titula: Los forzados de la carretera, y remite a las palabras que escribe el periodista el 27 de junio, después de entrevistar a Henri y Francis Pelissier en el café de la estación de Coutances. Se habían retirado de la carrera, junto a Ville, por lo que consideraban un trato vejatorio de los organizadores. Uno de los comisarios se acercó en la salida de Grenville a Henri y le levantó el maillot para ver si debajo llevaba otro, porque según el reglamento, no se podía salir con dos maillots y acabar la carrera con uno. «Puedes helarte o asarte», decía el ciclista, que acudió al director, Henri Desgrange, para plantearle el asunto:
–¿Así que no tengo derecho a tirar mi maillot a la carretera?
–No, no puedes tirar el material del equipo.
–No es del equipo, es mío.
–Yo no discuto en la calle.
–Pues si usted no discute en la calle, yo me vuelvo a la cama.
Y los hermanos Pelissier se retiraron. Y casi un siglo más tarde, estamos en las mismas.
Suben agotados los ciclistas, mojados, helados de frío, algunos tiritando, y no se pueden quitar la ropa empapada porque la UCI castiga a los corredores que arrojan el material al suelo, como hacía Desgrange con los Pelissier. En pleno esfuerzo, subiendo una rampa al 8% de pendiente, y el líder Pogacar, que se quita el chubasquero, no tiene a nadie más a mano que al motorista de la cámara de televisión para entregarle la prenda.
(Nota al margen: el motorista sí puede tirar la prenda al suelo).
Y unos minutos después, a otro ciclista le molesta también el chubasquero, y circula sujetándolo sobre el manillar hasta que aparece por allí un coche de la dirección, eléctrico, eso sí, para no contaminar. Aparece pero no se acerca, y tiene que arrimarse el ciclista lo más que puede, y jugar al baloncesto para encajar la prenda por la ventanilla porque nadie desde dentro del vehículo tiene la decencia de sacar la mano para cogerlo.
Como escribió alguien alguna vez, ser ciclista no es tan duro, porque comen sentados. Qué maravilla pedir la carta al maitre y elegir primer plato, segundo plato y postre. Ah, no, que eso lo hacen, a la hora de la cena, en el mejor hotel de la llegada, los comisarios que persiguen a los ciclistas por arrojar un chubasquero a la cuneta, o un bidón a un niño, o por llevar los calcetines un centímetro más alto de lo que considera el reglamento, escrito por alguien que no se ha puesto en su vida unos calcetines para disputar una carrera.
«En principio no tenía que estar en la escapada, pero vi que se iba un grupo grande y salté para entrar en él. No sabía qué hacer, si quedarme a la expectativa o ser más agresivo… Hasta que me di cuenta de que la etapa de hoy no era solamente una oportunidad para ganar tiempo y puestos en la general, sino que también tenía una opción bonita pensando en la victoria de etapa. Me encantan estas etapas extenuantes».
Pero los titanes del deporte, apechugan con las tonterías con las que tienen que apechugar, y van a lo suyo, que es competir y dar espectáculo, como Ben O’Connor, que resiste a Nairo Quintana y a Sergio Higuita cuando aprietan los colombianos, y después les alcanza y les deja atrás cuando emprenden la agotadora ascensión a Tignes, y consigue preocupar al líder tranquilo, Tadej Pogacar, a quien tal vez no le inquiete perder en París, porque lo tiene bastante bien para ganar, pero sí quedarse sin el maillot amarillo en la jornada de descanso, y darle vueltas al asunto en la cama.
Pero es difícil que O’Connor consiga guardar toda la ventaja para desbancar al esloveno, pero sí la suficiente como para ponerse segundo en la General, y hacer bajar del escalafón a unos cuantos, entre ellos a Carapaz, protagonista de un ataque conmovedor, después de movilizar a Castroviejo y Thomas, un ataque sin esperanza, deshecho por Pogacar en unos metros, y que abría la caja de los truenos a la respuesta del líder, contundente como siempre, para dejar claro que los ataques, mejor para el resto de los puestos del podio, que el primero ya tiene dueño.
















































